Crítica Frankenstein y Millennial Lapsus / bullets a propósito de la crítica y el campo cultural/literario

Contraensayos sobre el presente, III parte

gp

Poema grafológico, Carlos Yusti.

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A continuación pretenderemos abordar un tema tanto polémico como complejo. Se desarrollará a partir de diferentes enfoques—tanto estilísticos como técnicos— en los que no prescindimos de discursos y maneras de ver, contar y examinar.

Podríamos decir que se trata de una disertación híbrida, como el mismo título puede indicar y especular.

Un texto estroboscópico. Así funciona: iluminando fragmentos que buscan desarrollar cada idea como si se tratase de bullets de una Gran Lista de pendientes, obviando el name-dropping (¿académico?) tan común en estos temas; se trata más bien de una especie de deriva hermenéutica.

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Pasamos de la conformación del perfil, del performance cotidiano que dice quiénes somos, a los ambages de estar o no estar en la red. Todos los campos de producción de subjetividad están sometidos a este nuevo escenario.

Ciencia, arte y política trasversalizados por la infraestructura digital y al mismo tiempo cambiando las dinámicas de cada una.

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Las obras de arte, en el caso específico de la literatura, se posicionan en el espacio público del campo cultural/literario a partir de una de las instituciones de legitimación por excelencia: el dispositivo libro.

De esta forma, lxs que escriben han podido trasladar sus discursos en la multiplicación de sus ficciones y sistemas de pensamiento a partir de la multiplicación en tirajes de su propio nombre.

Dicha numeración y serialidad posiciona con el lenguaje, y construye socialmente al sujeto llamado autor. Además de existir el creador, también está el que aprecia dicho material (lector), así como quien lo cuestiona (crítico), que viene a ser la discusión que aquí plantearemos: crítica y campo literario/cultural.

¿Cuáles son sus funciones? ¿Cómo se ven estas instituciones frente a la contradicción performática? ¿De qué manera funcionan sus dinámicas en el perfilarse, en los autorxs/creadorxs devenidxs en marca y objeto de consumo más que en “pensadorxs” y transformadorxs de la realidad?

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Lawrence Durrel culmina Justine, la primera parte de su Cuarteto de Alejandría, con la siguiente interrogante: “¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?”.

Reescribamos su metafísica interpretación de lo que su experimento de novela —a modo de fractal literario— nos muestra como el imperativo del siglo XX, a ver, intentemos en este siglo XXI en proceso: ¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el RUIDO que nos rodea?

 

Intentemos a través de esa singladura estroboscópica que ya advertimos, entrever los discursos del ahora, es decir, interpretar ese ruido que a su vez viene de cuerpos e instituciones que lo crean.

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El campo cultural/literario se asemeja a un miembro del Gran Cuerpo Social, dicho órgano ha sido amputado a través de la historia por sus componentes y hacedores. En algunos momentos el Cuerpo sufrió el síndrome del miembro fantasma, es decir, que aunque dicho órgano no esté, de igual manera se siente, incluso sus dolores y querencias.

 

El Gran Cuerpo Social no es el mismo de hace cincuenta años, incluso hace veinte. Ahora el cuerpo en su devenir transhumano es eléctrico/digital, por lo tanto, dicha dolencia de amputación, que corresponde al trabajo eficiente de separación de las nuevas generaciones, ha hecho lo suyo.

El síndrome del miembro fantasma se ha transformado en nomofobia (no mobile phone phobia), es decir, pasamos de extrañar un cuerpo orgánico a solicitar la presencia de algún avatar electrónico, en este caso, el teléfono celular, que al desprendernos de él en cualquier momento, los reclamos neuronales hacen su aparición.

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Cuentan que así como intentaba apagar la luz ya apagada, pretendía expandir, cual pantalla táctil, las páginas de los libros.

No conforme con eso aspiraba un Ctrl+Alt Z para enmendar los errores cotidianos.

[llegó a realizar el amague de oprimir Ctrl+Alt Z en más de una oportunidad sin estar al frente de una pantalla]

Cuando dejaba el celular en casa era imposible no sentir que vibraba en su bolsillo, con su acostumbrado masaje a destiempo en su muslo derecho.

Todo esto y más en un permanente lapsus, como si todos sus dispositivos fuesen un miembro fantasma.

 

Le llamó a estos sucesos Millennial Lapsus.

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Un campo cultural/literario de un tiempo que no recordamos, pero que efectivamente pasó, dijo que el arte era para pocos, otro que era para las masas y el autor; el lector y el crítico, en vez de pensar en el arte o en la literatura o en la política, se fijaron en los conceptos, en las categorías, en las etiquetas y formas de llamar al mundo y no vieron que la frase decía “pocos” o que decía “muchos”, sino decía “masas” y han respondido con las palabras de Antonio Machado: las masas son un invento de la burguesía para ametrallarlas mejor.

 

¿Es de esta manera que se ve desde el campo cultural/literario a quiénes se sirven de los bienes culturales? ¿O acaso ciertamente el hoy ha mejorado la obra como mercancía y los autores como marca? ¿No se supone que internet pondría a circular libremente los contenidos? ¿Hasta dónde llega el capitalismo cognitivo? ¿Es necesario que adjetivemos la palabra información, conocimiento?

No es lo mismo decir información libre o conocimiento libre ¿verdad?

Lxs autorxs hoy —teledirigidos por la lógica neoliberal/marketinera— son una clase que ametralla a los usuarios. Tienen internet para ametrallarlos mejor, están organizados por algoritmos, gustos, edades, nichos; solo debemos pagar para que sea cada vez más específico el “público” al que queremos llegar.

 

¿Qué hacer? Alberto López Cuenca nos podría ayudar a responder: “No tenemos por qué aceptar que las prácticas artísticas sean ni el fruto de un genio individual ni mera mercancía”; aplíquese en el caso de quien pretende ser hoy el autor del boom del siglo pasado.

Ningún campo cultural/literario soportaría que todos los creadores formen parte de un boom. No hay chance de que todos tengan un superventas, y no porque los números y las estadísticas estén de nuestro lado, sino porque también las industrias culturales y estéticas y la “edición sin editores”, que resulta de las corporaciones y la cultura, como diría André Schiffrin, están más enfocadas en construir grandes laboratorios de ingeniería social, como el caso de Pokemón Go o los booktubers devenidos en los nuevos líderes de opinión en el quehacer de leer y promocionar libros.

Frederic Martel nos dice que “internet no es un fenómeno global por sí mismo sino un cúmulo de asuntos locales que comparten una infraestructura”, a ver, valgámonos de dicha construcción sustituyendo internet por campo cultural/literario (en construcción) que representan ciertos nichos, espacios de promoción cultural y literaria en el mundo real, en internet y redes sociales, no como un todo sino ese “cúmulo de asuntos locales que comparten una infraestructura”, y no solo eso, sino también una “idea” de lo que es la literatura y ese mundo que ésta representa y empuja a construir.

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Al ver ese estado del campo cultural/literario, como un cuerpo con una amputación, devenido en nomofobia, pensó en otras de sus instituciones: la crítica. Se le ocurrió teclear en una tribuna del espacio público 2.0, en su jerga, en su memético registro:

a veces me provoca escribir crítica literaria de los ganadorxs de “premios literarios” en este país. Recuerdo que no existe cosa como la mala publicidad y se me quita.

Se le antojó la crítica como un Frankenstein, un hermoso monstruo construido de fragmentos estroboscópicos, carnes de diferentes cuerpos que llegan a la vida gracias a la luz y la electricidad.

 

[a modo de loop/bucle/ejercicio de scroll/memequevayvieneeneltimeline: el campo en el cual se realiza dicha crítica es a su vez un Millennial Lapsus—y su nomofobia, su síndrome del miembro fantasma— que aunque está ausente como objeto, sujeto o institución, sigue haciendo ruido, vibrando o asustando como mito o leyenda urbana o cuento de callejón, y a su vez se convierte en conocimiento, no conocimiento, conciencia o falsa conciencia.

El campo cultural es a su vez ectoplasmático, fantasmal y la crítica como correlato sufre de esta ausencia/presencia/contingencia]

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Las primeras palabras de la criatura fueron:

Sería bueno que comenzáramos por cuestionar las instituciones del campo cultural/literario y sus métodos de legitimación de tradición y canon, caso particular: concursos literarios.

¿Acaso no es ridículo pensar que un grupo de subjetividades puedan “evaluar” una cantidad de subjetividades con diferentes registros, pulsos, relatos, narraciones y de esa manera etiquetar a un “elegido” con vías a construirse una carrera, una vía a la consagración?

¿No es de sobras conocido lo amañados de estos lugares? Y no hablamos del asunto más vulgar de triquiñuelas y complicidades, sino a la inclinación del subjetivo gusto, de la más relativa de las ruletas: el criterio y además de ello, el lenguaje que construye criterio y su origen de clase.

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¿Qué sentido tiene impensar estas dinámicas culturales? Debería preocuparnos la literatura como dispositivo para transformar la realidad, puesto que esta —como discurso, siempre ideológico, por más que quieran decir que no responden a este último— tiene entre otras cosas “la delicada función del arte, la formación de la imagen mítica del mundo, [que] ha sido confiada a una fabricación cultural jamás vista que nos reduce a la condición de dispositivos sensoriales que funcionan de acuerdo a un promedio estadístico establecido”, como diría Gilberto Merchán en La invención de lo real.

¿Qué sentido tiene impensar estos grupos? “En el centro de toda ciudad, según diversos grados que alcanzaba su plenitud en las capitales virreinales hubo una Ciudad Letrada que componía el anillo protector del poder y el ejecutor de sus órdenes: una pléyade de religiosos, administradores, educadores, profesionales, escritores y múltiples servidores intelectuales”; así describe Ángel Rama en La ciudad letrada lo que representa cierto campo cultural/literario.

Ahora el círculo de poder se desplaza, no es solo el Estado sino quien lo asedia para a) ocuparlo o b) usarlo para sus propósitos en clave neoliberal, es decir, atomizándolo para rendirlo ante el proyecto globalizador.

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¿Qué es y hasta dónde llega el campo cultural/literario venezolano?

¿Es o está en las escuelas de letras, en las licenciaturas en castellano y literatura o en los posgrados en literatura comparada, literatura latinoamericana y el resto de apellidos académicos?

¿La encontraremos acaso en los numerosos colectivos literarios autogestivos, editoriales alternativas, camarillas literarias de diversa índole: blogueros, twitteros, periodistas culturales, festivales, bienales, concursos literarios, ganadores y perdedores de dichos concursos?

¿Quiénes son sus instituciones legitimadoras? ¿Las editoriales del Estado o las iniciativas de editoriales privadas, fundaciones y demás autorxs, editorxs que así como detractan al Estado son los principales ganadores de los concursos que este promueve?

 

Algunos dirán que hay quienes han “abandonado” la lucha por la autolegitimación en dichos espacios, pero estos, quienes fundan, dirigen e impulsan proyectos en algunos casos alternativos o enfrentándose frente al Estado, son quienes más se sirven de este en sus convocatorias (a concursos, por ejemplo).

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¿Será “crítica” el ejercicio sensiblero desmedido y el tufo psicoanalítico entre amigos?

¿O se trata tal vez de un ejercicio marketinero 2.0 para la legitimación de un nuevo canon reaccionario, que así como cuestiona al Estado se han servido de este para publicarse a sí mismos, como otras regalías que este por su misma naturaleza de institución burguesa es inevitable dejar de “conceder” a quienes hablan su lenguaje?

 

¿Será crítica la capacidad de indagar los significantes de una obra al punto de reconocer su potencia y comunicarla al mundo, al mismo tiempo en que el mismo ejercicio crítico se contagia de la expansión y renovación de ésta, en las formas y profundidades de su autenticidad/decir de la condición humana, es decir, de la obra que termina convirtiendo a la crítica misma en otra obra, al nivel de insertarse ambas al Gran Tejido de las narrativas colectivas?

Lo más cercano es qué no es a qué es—en el plano de las certezas— crítica(s). La crítica no es juez, es acupuntura en los discursos del Gran Cuerpo Social para su expansión de consciencia, en este caso, del miembro/campo cultural/literario.

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Comprender el ejercicio crítico como Acto Experimental, salto creativo que no soporte convencionalismos.

Nos interesa una Crítica Monstruo de la cual puedan salir Otros especímenes de la misma factura. Cada ser con dichas características nacerá producto del contagio/reflejo que produce la obra al interrogarla; Julio Cortázar respondería con un cuento a Jacobo Borges, al solicitarle el pintor un texto crítico de su obra.

Más tarde, el escritor argentino le escribiría argumentándole su móvil crítico: “de tus criaturas nacieron las mías”.

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¿Cuál crítica tuvimos, cuál tenemos, cuál aspiramos? ¿La que domestica a los autores al colonizarlos con el mercado y convertirlos en marcas, en bienes de consumo? y de ser así ¿Qué industria cultural, con qué andamiaje cuenta el país para soportar ese modelo de literatura?

 

[si realmente ha existido una crítica literaria en Venezuela ¿podría perdonársele el haber ignorado, subvalorado o mal leído las obras de Dionisio Aymará, Argenis Rodríguez, un Santiago Key-Ayala o Gelindo Cassasola, por nombrar algunos como  ejemplo? (de poseer nombres de mujeres por favor insertar AQUÍ, pues la misma inercia crítica/historiográfica termina por afectarnos a todxs).

Tal vez después de todo sí ha existido una crítica, claro, adjetivada, una crítica mezquina, limitada, onanista, falocéntrica, autoreferencial]

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¿Cuál es—en palabras de Terry Eagleton— la función de la crítica? ¿Engendrar nuevas vaquitas sagradas? ¿Hacer nuevos beneficiarios de becas, prebendas, publicaciones y futuros invitados a ferias y saraos literarios dentro y fuera del país?

Mucho más importante aún: cuál es la función de la literatura en Venezuela hoy: ¿producir panfletos a nivel industrial? o en el caso contrario ¿negar al chavismo y la historia contemporánea y toda la subjetividad que ha producido?

¿Será tal vez vivir de las “glorias” y la melancolía de la literatura de la primera y segunda mitad del siglo XX, revolcarnos en la necrofilia? o todavía peor: ¿aspirar un modelo literario foráneo, fundar sucursales de literatura estadounidense, francesa, española, argentina? ¿O será más bien asimilar críticamente la tradición literaria y cultural de la humanidad, como diría Roque Dalton?

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¿Qué pasó con aquellos grupos de las llamadas vanguardias que fueron creadores de nuevas instituciones, expresiones y sentidos comunes? ¿Ese impulso se quedó atragantado en el tráfico y la inercia de los 140 caracteres? ¿Se quedó en un poemario mal escrito editado al apuro del autor, en el efectismo como verdad, así como en los grandes acontecimientos mediáticos/sociales que sacuden el Gran Cuerpo Social?

 

[a modo de loop/bucle/ejercicio de scroll/memequevayvieneeneltimeline: ese campo cultural/literario que padece el Millennial Lapsus no puede ser sometido a la convención crítica, puesto que desde el Frankenstein crítico se entiende que en la lógica neoliberal efectivamente no hay mala publicidad, sino promoción “gratis”.

Hable usted bien o mal de alguna obra estará en la boca de todos y tendrá sus propias divisas de likes & shares.

Este muerto vivo nos reclama, que en esta exigencia de Otro Cuerpo Nuevo para el campo cultural/literario, será necesaria también una Nueva Crítica]

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Por otro lado ¿Es en serio que una publicación formato “libro” siga legitimando a lxs autorxs? ¿Cómo hacen entonces dichxs autorxs para legitimarse cuando no hay con qué imprimir? ¿Dejan de escribir, esperan que suban los precios del petróleo?

¿Será nuestra literatura, nuestra crítica también una hija del modelo rentista petrolero? De ser así ¿Ya se habrá hundido en el excremento del diablo, Pérez Alfonso, dixit?

 

Algunos pensarán que el libro no es garantía de legitimación. Tal vez el libro no concretamente, pero sí lo que consideran del libro ciertos grupos de la diversidad de expresiones de nuestro campo cultural/literario, incluso a nivel institucional, es decir, aquellos espacios de los cuales pueden servirse algunos escritores para vivir (instituciones, premios, becas, universidades), es decir, no podemos negar que una publicación es una especie de capital simbólico muy importante de quien lo porta, escribe y publica.

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¿Es el campo cultural/literario del país camarillas y grupillos de adanes, es decir, de primeros sin ombligo porque en sí son ellos mismos el centro del centro, grupetes de viejos cual novela de Adolfo Bioy Casares, esperando una pandilla de parricidas dispuestos a reproducir el Diario de la guerra del cerdo?

¿Es la poeta y el poeta saturado de adjetivos y lugares comunes?

¿O es el ensayo aburrido, abandonado en alguna antología para nunca ser leído, texto lobista, antónimo de lo audaz, sin brillo alguno y lleno de citas en cualquiera de nuestras “flamantes” revistas/publicaciones literarias?

A ese ritmo podríamos pasarnos la vida enumerando.

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¿Habrá represalias producto de alguna crítica? O mejor dicho ¿hay costos en la crítica? el precio que debe pagarse al ser críticos o no comulgar con ciertos grupos es la censura informativa (ausencia en los medios privados y oficiales de iniciativas editoriales fuera del rango de conocidos y amigos, aplíquese para cada enumeración), censura antológica, es decir, que decide qué se antologa y qué no, quiénes se antologan y quiénes no, entre otras manías editoriales/feudales.

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Es fácil encontrar declaraciones del tipo: “ganarse a pulso desde el interior del país un premio literario” ¿Por qué todavía seguimos depositando la institucionalidad literaria que es a su vez la legitimidad reflexiva, política de un sector del país a un ejercicio tan subjetivo como un concurso literario, que a su vez responde a un lenguaje institucionalizado, a un discurso anacrónico, burocratizado?

También es fácil toparse con ciertas discusiones, por ejemplo, de supuestas obras que “marcaron la generación literaria venezolana de los 90” y otras aseveraciones del mismo tono. La típica discusión de quiénes creen que la literatura venezolana es el pasillo de alguna escuela de letras, negando las numerosas iniciativas editoriales que se han producido al margen de ese campo cultural/literario en varias regiones del país, a través de la autogestión y lo clandestino; una literatura marginal que es tanto legítima como potente, acorde a la realidad material no solo del país, sino de la crisis económica global.

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Entre tantas tareas por realizar:

  • Ampliar el panorama antologista y sobre todo de proyección continental. Sigue siendo tarea conocernos a nosotros mismos. Preguntarnos qué será de la literatura venezolana actual y su crítica deberá ser equivalente a saber cómo estará en Colombia y Brasil, por ejemplo. Tan cercanos, tan lejanos.
  • Revisión crítica del boom editorial estatal y los efectismos del privado y sus camarillas.
  • Reconsiderar los criterios y herramientas de legitimación, que ya existen orgánicamente y que no pueden pasar (sea cual sea el lugar, institución y sujetos que lo desarrollan) sin ser vistas por el ojo reflexivo/crítico.

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Este extravío estroboscópico/fantasmal podría llevarnos a la exactitud, como diría Calvino, siempre y cuando sea retroalimentado, puesto que el transitar dialogante nos dirige a cuestionar las “verdades” de aquello que se nos presenta como autoridad, sea el dispositivo libro, el sujeto autor o la institución literaria, que a su vez son constructores de discursos y comunidades discursivas por lo tanto de ideología y facciones políticas; sigue siendo acertado aquello de encontrar más a través de las interrogantes que de las respuestas.

Solo habrá potencia y autenticidad en la literatura y su correlato crítico si estos operan a través de un discurso contrahegemónico.

 

¿Podemos aspirar a ser más audaces, más cuestionadores entre nosotros mismos, más reflexivos? No se construye innovación, pensamiento, reflexión, conciencia con obras apresuradas, carentes de crítica.

El lenguaje sigue y seguirá configurando realidades y transmitiendo las expresiones de las multitudes culturales que llaman sociedad, país, comunidad… no podemos estar exentos de diseccionar cada símbolo.

La producción de subjetividad del presente está mediada y propulsada desde la lógica neoliberal y ya sabemos qué clase de conciencia es la que esta lógica construye.

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La creatividad—no solo vista desde lo artístico y cultural— es un campo político de potencial transformador, no es casualidad que la mayor economía en el devenir material/digital esté en manos de las industrias estéticas y de la comunicación, la tecnología y la cultura.

[a modo de loop/bucle/ejercicio de scroll/memequevayvieneeneltimeline: la Crítica Frankenstein y el Millennial Lapsus son aplicables para otros miembros, manifestaciones, fenómenos, relatos, narrativas, imaginarios y representaciones del Gran Cuerpo Social; en este apartado hemos escogido el campo cultural/literario por tratarse de un tema no tan outsider de las capacidades, lecturas, análisis y producción subjetiva del ejecutante]

No podríamos ignorar todo esto mientras se escucha el rugido de algunos en forma de discurso, mientras declaran que la cultura es al siglo XXI lo que el carbón al siglo XIX.

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4 comments

  1. Me gustan ese tipo de artículos que dejan más dudas que certezas. El llamado es a cuestionarlo todo y transvesalizarlo (no se si se escribe así) todo, y que lo que se escribe se corresponda con lo que se vive, ya que no sólo leer libros genera sabiduría, la acción física también genera pensamiento y eso es lo más legitimo que puede haber para mí.

  2. (de poseer nombres de mujeres, insertar AQUÍ)
    En Venezuela está Ana Teresa Torres quien tiene textos dedicados al ensayo y la crítica, junto a Yolanda Pantin con “El hilo de la Voz”. El estudio preliminar es excelente.
    Además Gisela Kozak, Michaelle Ascencio, Carmen Vicenti publicó bajo el nombre de Bustillo, una importante obra teórico crítica.Otras: Judith Gerendes. En el continente, las mexicanas Rosario Ferré y Carmen Boullosa, la boricua Mayra Santos Febres.

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